El botiquín de casa es casi un archivo histórico de la vida cotidiana. En muchos hogares mexicanos todavía sobreviven el Vick Vaporub, el alcohol, el algodón y la pomada de la abuela como respuesta universal a cualquier mal. Y aunque varios de esos clásicos siguen siendo útiles, la vida urbana actual —más caminatas, estrés, contaminación, pantallas y prisas— exige una versión actualizada del botiquín tradicional. El chilango de hoy necesita estar preparado para otros “accidentes” cotidianos.
El Vick Vaporub sigue teniendo un lugar asegurado. No solo por resfriados o congestión, sino como alivio aromático que ayuda a despejar la nariz en temporadas de mala calidad del aire. Su función reconfortante, más que curativa, sigue vigente en una ciudad donde los cambios de clima y la contaminación son constantes.
Junto a él, el analgésico básico no puede faltar. Paracetamol o ibuprofeno cubren desde dolor de cabeza por estrés o ruido urbano hasta molestias musculares tras caminar largas distancias o pasar horas sentado en el transporte. No se trata de abusar, sino de tener una opción confiable para emergencias leves.
La gran actualización urbana llega con los parches para ampollas y rozaduras. En una ciudad que se camina —a veces más de lo planeado por banquetas rotas, trasbordos eternos o marchas inesperadas— las ampollas son más comunes de lo que se admite. Estos parches protegen, alivian el dolor y permiten seguir el día sin convertir cada paso en un castigo.
Otro imprescindible moderno es el gel antibacterial, que se volvió protagonista tras la pandemia y se quedó como hábito. En el Metro, el Metrobús o cualquier espacio compartido, no siempre hay acceso inmediato a agua y jabón. Tener gel a la mano reduce riesgos y aporta tranquilidad en la rutina diaria.
El botiquín chilango también debe incluir algo para el estrés urbano. Un ungüento relajante, aceite esencial suave (como lavanda) o incluso parches térmicos para cuello y espalda ayudan a aliviar la tensión acumulada por el tráfico, las malas posturas y las jornadas largas frente a la computadora.
No hay que olvidar los antiácidos o protectores gástricos suaves. Comer de prisa, saltarse horarios o abusar del café y los antojitos callejeros pasa factura. Tener algo para la acidez o la indigestión es casi tan básico como el alcohol en el botiquín de antes.
Para la vida al aire libre, cada vez más presente, conviene sumar protector solar y crema humectante. El sol urbano también quema, y la contaminación reseca la piel. Estos productos ya no son solo cosméticos, sino preventivos de salud cotidiana.
Finalmente, el botiquín moderno se completa con algo que antes no se consideraba: termómetro digital y cubrebocas. El primero permite detectar a tiempo si un malestar es solo cansancio o algo más; el segundo sigue siendo útil en temporadas de gripe, contingencias ambientales o transporte saturado.
El botiquín chilango moderno no reemplaza al de la abuela, lo complementa. Conserva los remedios de confianza, pero añade soluciones pensadas para una ciudad que se camina, se respira y se resiste todos los días. Porque en la CDMX, cuidarse también es una forma de sobrevivir al ritmo urbano.











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