El arte de no morir en la México-Tacuba: Guía de supervivencia para ciclistas urbanos

 

Recorrer la calzada México-Tacuba en bicicleta es, para muchos, la prueba de fuego definitiva para graduarse como ciclista chilango. Esta arteria, que presume ser una de las más antiguas de América, no es solo un camino pavimentado; es un ecosistema vivo donde convergen el comercio informal, los microbuses que parecen salidos de una película de acción y un flujo humano que nunca descansa. Entender su dinámica requiere mucho más que saber pedalear, pues aquí el reglamento de tránsito es apenas una sugerencia frente a la ley de la selva urbana que impera desde San Cosme hasta Cuatro Caminos.

La primera regla de oro para salir ileso de esta avenida es desarrollar una visión periférica digna de un camaleón. En la México-Tacuba, el peligro rara vez viene de frente. El verdadero desafío está en los «puntos ciegos» que generan los puestos de lámina y las paradas improvisadas de transporte público. Un ciclista precavido sabe que cada microbús detenido es una potencial zona de desastre: en cualquier momento puede abrirse una puerta sin previo aviso o un pasajero puede saltar al asfalto en una zona prohibida. Por ello, mantener una distancia de seguridad de al menos un metro respecto a los autos estacionados o detenidos no es un lujo, sino una póliza de seguro contra el «portazo» que ha mandado a más de uno al hospital.

La comunicación no verbal es la herramienta más poderosa en este trayecto. En una vía tan ruidosa, las palabras sobran y las señas lo son todo. Sacar el brazo para indicar un giro o señalar un bache gigante —de esos que abundan cerca de la zona de Popotla— ayuda a que los automovilistas entiendan que hay un ser humano navegando el caos. Sin embargo, no hay que confiar ciegamente en el contacto visual. El ciclista experimentado asume que es invisible para los camiones de carga y las unidades de transporte concesionado, por lo que nunca disputa el paso en las intersecciones conflictivas como el cruce con Circuito Interior. Es mejor perder diez segundos esperando a que el semáforo reinicie que intentar ganarle el turno a un monstruo de acero de varias toneladas.

El estado del pavimento es otro enemigo silencioso que exige máxima concentración. La México-Tacuba es famosa por sus parches, registros sin tapa y charcos que esconden abismos profundos durante la temporada de lluvias. Mantener la mirada unos metros adelante de la rueda frontal permite anticipar estas trampas. Además, el equipo de seguridad básica deja de ser una opción para convertirse en un uniforme obligatorio. Un casco bien ajustado y, sobre todo, luces potentes y chalecos reflejantes son vitales, especialmente cuando cae la tarde y la iluminación pública de la zona decide tomarse un descanso. Ser visible es, literalmente, la diferencia entre ser un actor en el tráfico o convertirse en una estadística.

Finalmente, la clave para conquistar esta calzada reside en la actitud. No se trata de pedalear con miedo, sino con un respeto absoluto por el entorno. La México-Tacuba recompensa la fluidez y la paciencia. Aprovechar los tramos que cuentan con carril compartido y evitar las maniobras bruscas permite integrarse al flujo vehicular de manera orgánica. Al final del día, sobrevivir a esta ruta no solo depende de la habilidad técnica sobre el manubrio, sino de la capacidad de leer el ritmo de la ciudad y entender que, en el corazón de la capital, el destino final siempre es llegar a casa para contar la anécdota del día.

 

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